NO ESTAMOS SOLOS

Nosotros los que hemos experimentado la pérdida de un ser querido, no estamos solos. Somos parte del mayor grupo del mundo. El de aquellos que han conocido el sufrimiento.

Aunque la tristeza y el vacío se instalan en nuestro corazón debemos reconocer que no estamos solos con nuestro sufrimiento, que muchas personas conocen la forma en que sentimos esa sutil y profunda sensación de soledad que llega a nuestras vidas y que después se va sin causa alguna, regresando muchas veces al día.

Falleció mi padre y con lágrimas reconozco que al irse él, también se fue una parte de mí, pero se quedó lo mejor de él, su recuerdo en mí. El dolor pasa, los recuerdos permanecen; los seres queridos nos dejan, pero el sentimiento de haberlos tenido perdura.

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Cuando un ser querido fallece, deberíamos sentir paz en el espíritu al reconocer que ha llegado a su destino y completó el viaje, sin embargo, surge el desánimo inexplicable que nos recuerda la ausencia y nos aleja de la esperanza.

La muerte me hace reflexionar en lo que hoy es verdaderamente relevante en la vida, todo aquello que se atesora en nuestro corazón, las palabras, caricias, acciones, recuerdos.

Nunca estamos solos. Tenemos la fuerza para transformar la tragedia en una nueva fuerza que nos ennoblecerá.

Recordamos a nuestros seres queridos, sentimos su presencia y también su ausencia. Pero debemos esforzarnos por traer a nuestras vidas el consuelo y la paz. Cuando lo logremos, seguramente su memoria será una bendición y su recuerdo adquirirá nuevas dimensiones.

¿TENDREMOS QUÉ ESPERAR A OTRO?

La familia como Iglesia doméstica procura reunirse para hacer más profunda esta preparación. Algunas familias se unen para orar en torno a una corona de ramas de hojas perennes sobre la cuál colocan velas que van encendiendo cada domingo.

En otros lugares se elabora un calendario en el cuál se marcan los días que pasan hasta llegar al día de Navidad. En algunos países, como México, familiares y amigos se reúnen para celebrar las Posadas rezando el rosario, recordando el peregrinar de María y José para llegar a Belén.

En todas estas reuniones el sentido de penitencia y sacrificio se enriquece por la esperanza y el espíritu de fraternidad y generosidad que surge de la alegría de que Dios pronto estará con nosotros.

Sin embargo, en tiempos de Jesús las cosas no fueron tan sencillas, el Evangelio según San Mateo capítulo 11, versículos 2-11 nos recuerdan:

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: —«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?» Jesús les respondió: —«Vayan a anunciar a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio.

¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!» Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: —«¿Qué salieron a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fueron a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿A qué salieron?, ¿A ver a un profeta? Sí, les digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Les aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

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Indudablemente vivimos esperando siempre a otros Salvadores, no somos capaces de ver la grandeza de Jesucristo y las promesas que tiene para cada uno de nosotros, es ahí donde radica la pregunta que nos hace dudar ¿Eres tú Señor? Porque no queremos esperar, porque no sabemos aceptar la voluntad de Dios.

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El reino de Dios tiene muchos matices y formas cuando se ve con los ojos de los hombres, cuando en intención hay soberbia, hambre de poder y reconocimiento, cuando el mensaje del amor de Dios es visto desde la misericordia, desde la necesidad y desde la pobreza es cuando según mi punto de vista, estamos comprendiendo mucho más acerca de ese reino.
Que este adviento sea la preparación de nuestros corazones para comprender desde el dolor, la soledad, angustia, tristeza y desesperanza la venida de ese Salvador que cura heridas, que hace nuevas las cosas y que trae nuevas fuerzas a quienes creemos en Él.

SANDALIAS

En este tiempo es muy característico pensar: ¿Cómo vamos a celebrar la Noche Buena y el día de Navidad? ¿Con quién vamos a disfrutar estas fiestas? ¿Qué vamos a regalar? Pero todo este ajetreo no tiene sentido si no consideramos que Cristo es el festejado a quien tenemos que acompañar y agasajar en este día.


 

Cristo quiere que le demos lo más preciado que tenemos: nuestra propia vida; por lo que el período de Adviento nos sirve para preparar ese regalo que Jesús quiere, es decir, el adviento es un tiempo para tomar conciencia de lo que vamos a celebrar y de preparación espiritual.

El Evangelio de San Mateo capítulo 3 versículos del 1 al 12 nos recuerda:

 Por aquel tiempo, Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea, predicando: —«Conviértanse, porque está cerca el reino de los cielos.» Este es el que anunció el Profeta Isaías diciendo: «Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos.” Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle del Jordán; confesaban sus pecados; y él los bautizaba en el Jordán. Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les dijo: 

—«¡Camada de víboras!, ¿Quién les ha enseñado a escapar del castigo inminente? Den el fruto que pide la conversión. Y no se hagan ilusiones, pensando: “Abrahán es nuestro padre”, pues yo les digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras. Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da buen fruto será talado y echado al fuego. Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero el que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego. Él tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.» 

Es un tiempo en el que debemos reflexionar acerca de la grandeza de quien va a venir, de ese enviado que puede ser capaz de cambiar y transformar nuestra vida, es Jesús a quien no podríamos ni colocar las correas de sus sandalias, esto debido a la importancia de su ser, Dios-hombre entre nosotros y sobre todo por tratarse del Hijo de Dios.

Nacerá de la manera más humilde, sencilla y sin ningún privilegio, en un establo. Quien merece todos los honores decide nacer con simplicidad, sin pretensiones. El que es grande, realmente se hace pequeño, así es el amor y la lógica de Dios.